Cliente: ONU-Hábitat

Año: 2021

La pandemia de COVID-19 ha revelado las debilidades de nuestro modelo de desarrollo urbano. Durante las últimas cinco décadas, nuestro enfoque en lograr ciudades atractivas para el mercado global ha eclipsado los principios fundamentales de crear hábitats seguros y acogedores para los residentes. Para priorizar el bienestar y la salud, la planificación urbana debe incorporar factores ambientales y sociales, lo que requiere un conjunto diverso de habilidades entre los profesionales.

A principios del siglo XXI, las crisis económicas impulsaron a las ciudades europeas a priorizar las respuestas económicas, incluso si ello implicaba debilitar la red de seguridad social y aumentar las desigualdades. Los recursos se destinaron principalmente a mejorar la competitividad económica en lugar de a mejorar la habitabilidad.

El cambio de "Desarrollo Sostenible" a "Resiliencia" por parte de las Naciones Unidas en 2005 trajo consigo un nuevo enfoque. Sin embargo, la resiliencia, tal como se entiende comúnmente, suele centrarse en la gestión de riesgos y la respuesta a desastres, en lugar de en la adaptación a una realidad cada vez más dinámica e impredecible.

La contaminación ambiental, una amenaza importante en 2020, recibió menos atención que la pandemia, a pesar de ser un problema persistente durante más de una década. Esto subraya la necesidad de que las ciudades se adapten a un entorno más volátil y menos predecible.

La creación de ciudades resilientes depende fundamentalmente de contar con comunidades saludables. La definición de salud de la Organización Mundial de la Salud como el completo bienestar físico, mental y social subraya la importancia del medio ambiente para fomentar comunidades saludables. La planificación urbana desempeña un papel fundamental en la configuración del entorno urbano, lo cual puede influir positiva o negativamente en el estilo de vida de los residentes.

Los entornos urbanos pueden fomentar hábitos poco saludables, como el sedentarismo y la dependencia excesiva de vehículos de combustibles fósiles, lo que provoca problemas como la obesidad y las enfermedades cardiovasculares. Además, estos entornos pueden causar contaminación atmosférica y acústica, lo que acarrea problemas de salud y aislamiento social. Por ejemplo, la obesidad afectó a más de la mitad de la población europea en 2014, y la contaminación atmosférica causó millones de muertes en 2018.

Históricamente, la planificación urbana se ha centrado en las enfermedades infecciosas, pero debe adaptarse para abordar los desafíos sanitarios urbanos actuales. Esto requiere una transición hacia políticas urbanas centradas en las personas que prioricen la proximidad, la planificación a escala de barrio y el bienestar. Se necesitan profesionales con diversas competencias, como la ecología, la salud, la cohesión social y territorial, y la conciencia de género, para redefinir la planificación urbana.

La crisis de la COVID-19 ha puesto de manifiesto la necesidad de una transformación en los equipos de planificación urbana. Equipos multidisciplinares, que incluyan profesionales de la salud, antropólogos urbanos y gestores de datos, deberían sustituir a los equipos especializados tradicionales. La planificación urbana del siglo XXI requiere un enfoque más holístico que priorice el bien común y el bienestar de los residentes.

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